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domingo, 11 de mayo de 2014

Los crímenes de la cruz. Capítulo 2


La inspectora Otero no atendió mucho a la historia que le contaba el policía municipal de O Porriño. Le aburría bastante escuchar obviedades. No creía que aquel agente escalase mucho profesionalmente por decir una y otra vez “está muerta”.

-          Espere, espere, no me diga más… y ha sido ¡Un infarto! Cállese de una vez, o salga de la habitación y váyase a hablar de fútbol con su compañero. – dijo secamente la inspectora, para luego añadir con cierta ternura- Creo que en el Porriño Industrial tienen un extremo izquierdo muy bueno.

El agente cerró la boca, salió y Otero pudo por fin centrarse en el cadáver. Era una mujer, de unos cuarenta años, rondaría el metro sesenta, más bien gruesa, lo más probable es que fuese latinoamericana. Tenía una larga melena rizada morena y enmarañada que casi le tapaba la cara. Estaba tumbada sobre la cama, boca arriba. Todavía estaba calzada. Llevaba una faldita corta vaquera y el sujetador, aunque desatado, aún le cubría los pechos. En el lado izquierdo del cuello la mancha de sangre no sólo empapaba las sábanas sino que llegaba hasta el suelo. Otero apenas se acercó para darse cuenta de que el corte era largo y profundo. Le habían rebanado la yugular y la carótida.

Otero buscó en el bolsillo interior de su gabardina unos guantes de látex. Se los puso, aunque nunca tocaba nada. Y no lo hacía por borrar huellas, simplemente le daba asco. Le daba asco la sangre, las heridas… Le aterraban los seres inertes, aunque aún no estuviesen fríos. Le repugnaban las expresiones de las caras sin vida. Odiaba los cuerpos sin alma.

Otero se atrevió a poner una rodilla sobre la cama para acercarse más a la víctima. Se podía apreciar que el corte ganaba profundidad hacia abajo, donde la herida estaba más abierta. La inspectora Otero salió de la cama y se quedó mirando el cadáver de frente.

No parecía tener mucha miga la cosa, por lo que le habían dicho una y otra vez al pasarle la nota, la pobre muchacha era prostituta. No se habían molestado mucho en buscar la forma de sacársela de en medio, le habían cortado el cuello y punto. Seguro que con un cuchillo o una navaja. Por la posición de la herida y al tener todavía el sujetador puesto, lo más probable es que la hubieran cogido por la espalda, quizá la hubiesen engañado con dulces besos en el cuello. No había señales de lucha. Otero tenía claro que aquellas largas uñas eran postizas. Habría sido el chulo o un cliente.

-          ¡Agente!, dijo enérgicamente la inspectora Otero mientras intentaba clavar su mirada en el entrecejo oculto por el pelo de la muerta.

El policía municipal que la había recibido volvió a entrar en la habitación.

-          Despierte a esos vecinos fisgones de los que me habló cuando llegué y empiece a interrogarlos.  Quizá hasta usted pueda encontrar al asesino.

La inspectora Otero volvió a meterse la mano en el bolsillo de la gabardina. Su mirada seguía intentando traspasar el pelo enredado sobre la cara.

-          Buscamos a un hombre, alto y fuerte.

Sacó unas pinzas y volvió a hincar la rodilla sobre la cama.

-          No estaría de más que ponga a los agentes de guardia que tenga tomando café haciendo algún control de carreteras. En los montes, por donde haya vertederos. Tiene que estar manchado de sangre.

Otero mantenía su mirada fija, clavada poco más arriba de los inexpresivos ojos de la mujer. Extendió las pinzas y separó los rizos que le tapaban la frente. Tenía una herida profunda desde casi el medio de la nariz hasta el comienzo de la cabellera, y sobre ella, otra en horizontal… aquello parecía una marca del asesino, una firma... y sin duda era una cruz.

***

A la par que salía el agente municipal entraban en comitiva el juez, el forense de guardia y dos policías nacionales. Otero no se entretuvo con ellos, solo cogió el enorme bolso negro sobre la cómoda y se lo llevó. Cuando volvió a encender su viejo Rover 200, el reloj del salpicadero mostraba las cinco de la mañana. Ni se molestó en encender la radio. Arrancó. Quería llegar a casa, darse una ducha, recoger aquel desastre que había dejado sobre la mesa después de la cena y vestirse como Dios manda para ir a la comisaría.
Otero aparcó en la calle, enfrente de su edificio. Un verdadero milagro. Abrió el portal y estaba entrando cuando unos rápidos pasos tras ella la sobresaltaron.

-          ¡Espera!

Otero se giró llevándose las manos instintivamente hacia el cuerpo buscando su pistola. Un hombre se abalanzaba sobre ella. La inspectora Otero no había cogido su arma reglamentaria. La mano de aquel hombre cayó sobre la puerta.

-          Espera vecina. Qué es un coñazo encontrar la llave del portal.

Otero suspiró, se giró y continuó andando sin responder. Pulsó el botón de llamada del ascensor.

-          Menuda noche hace, dijo su vecino.

Otero no le respondió y abrió la puerta del ascensor recién llegado. Entró, se apoyó en el espejo y pulsó el sexto. Su vecino se acomodó esquivando su mirada. Otero aprovechó para mirarlo de arriba abajo. Sería unos diez años menor que ella, metro ochenta, delgado y hasta un poquito musculado. Profundo pelo castaño alborotado e incluso en aquella situación, podía adivinarse una ligera sonrisa en su boca. A pesar de ir en chándal y con una camiseta algo sucia era jodidamente guapo. En las manos llevaba un paquete de tabaco al que no le había quitado todavía el plástico.

El vecino se atrevió a girarse levemente y a intentar ganarse nuevamente el perdón por el susto que sabía que le había dado. Vió sus ojeras y se atrevió con un nuevo comentario banal.

-          Menuda cara tienes vecina, ni que vengas de ver a un muerto.

La inspectora Otero se fijó también en la cara cansada de su acompañante, era obvio que no había dormido en toda la noche. Sonó un pitido y se abrió la puerta. Habían llegado.


-          Pues tu no pareces haber dormido mucho, y esa mancha que llevas en la camiseta espero que sea de tomate, porque sino bien podría decirse que vengas de matar a alguien.

miércoles, 23 de abril de 2014

Los crímenes de la cruz. Capítulo 1.



El policía de guardia de la comisaría central de Vigo resopló otra vez antes de decidir ponerse en pie. Revisó de nuevo los cuadrantes  y definitivamente se levantó y puso camino hacia el despacho del comisario Taboada. Pasaban las tres de la mañana y la luz estaba apagada. El agente golpeó suavemente con los nudillos en la puerta. Finalmente, volvió a resoplar, tomó el pomo y lo giró.

-          ¿Comisario?, apenas susurró asomando su cabeza entre el marco y la puerta.

No hubo respuesta, así que sabiendo que la bronca era inevitable, se decidió a recibirla de una vez por todas.

-          Comisario una llamada de la municipal de O Porriño. Hay una muerta.

El comisario Taboada se revolvió en la butaca hasta que bajó los pies de encima de la mesa, tiró la manta al suelo y se giró hacia el escritorio. Se pasó la mano por la cara, se frotó los ojos y cogió el teléfono móvil. No tenía mensajes y eran las tres y veinticinco de la madrugada.

-          Me cago en mi padre… , apenas susurró Taboada.

-          Lo siento comisario, pero es que Garrido está de baja y no localizo a los otros inspectores de guardia.

-          Me cago en mis muertos…, balbució.

-          Prieto y Mallo no me contestan al teléfono.

-          Me cago en mi puta vida…, dijo entre dientes.

-          Y me han dicho los municipales de O Porriño que el incidente ha sido en una casa de alterne y ¡no iba a llamar a Otero!

-          La madre que me parió…, dijo antes de morderse los labios.

Taboada cogió el paquete blando de Winston y le dio unos golpes para sacar un cigarrillo. Lo encendió, aspiró con fuerza.

-          Anda, llama a Otero que Prieto y Mallo a esta hora ya estarán borrachos en El Ensanche que los jueves toca “La banda de Nash”.

-          Pero Otero en una casa de putas.

El comisario no pudo aguantarse más, se levantó y empezó a gritar

-          Llama a Otero de una jodida vez y deja de tocarme los cojones ¡Gilipollas!
El agente salió como un resorte. En la planta de despachos de la comisaría no había nadie, así que los gritos de Taboada no podían esquivarse.

-          ¡Me cago en mi padre! Dos putas semanas durmiendo en esta mierda de silla, los riñones destrozados. ¡Me cago en mis muertos! No sé donde coño está la zorra de mi mujer. ¡Me cago en mi puta vida! Y viene un gilipollas a decirme que Otero no puede ir a un burdel ¡La madre que me parió!

***

Otero apenas apuntó la dirección que le daban al otro lado del teléfono sin hacer caso de los comentarios del becario de turno. No necesitaba más. Si el incidente se pudiese contar por teléfono no habría que ir hasta O Porriño en mitad de la noche. Aunque si le pitaba en los oídos la insistencia del recadero en que era un piso de citas. Tras unos minutos peleando con la almohada tiró de las mantas y se levantó. Se fue hacia el armario y sacó unos vaqueros viejos, y luego una camiseta y un jersey de cuello alto. No le gustaba nada vestirse así, pero no era el momento de ponerse a buscar en el guardarropa. Se desenmarañó un poco su pelo negro hasta los hombros y le pegó un trago a la botella de Ribera del Duero que estaba sobre la mesa sin recoger y que le había acompañado en la cena: una lata de mejillones. Luego cogió las llaves del coche, de su viejo Rover 200, una gabardina y salió al descansillo. En el piso de su vecino se adivinaba la luz encendida por debajo de la puerta. No era necesario su fino olfato para los detalles para saber que estaban despiertos. El sonido de risas llegaba claro. Dejó de esperar el ascensor y bajó por las escaleras.

Hacía frío. Otero había pensado en la lluvia, pero no en el frío. Se montó en el coche. Arrancó. Cogió el enlace a la circunvalación en el nudo de Isaac Peral, a pocos metros de su casa y se encendió un pitillo. No había tráfico y se fue saltando con cuidado los semáforos en rojo. Sintonizó la radio en Cadena 100 y pronto estuvo en la Avenida de Madrid. Luego, cogió la autovía a O Porriño. Hasta el alto de Puxeiros no se cruzó con un alma. Un servicio especial que traía una pieza para el puerto. Bajó la ventanilla y se deshizo de una colilla. Volvió a coger con fuerza el volante y redujo la velocidad “Quién coño diseño una autovía en la que hay señales de prohibido ir a más de sesenta”, pensaba mientras comenzaba a perder cobertura el dial en el que se entrecortaba “Y tu” de Pablo Alborán.

Apenas entró en el municipio de O Porriño, a unos veinte kilómetros de Vigo cuando detuvo el coche. Calle Pontevedra número 73, 3ºA, se leía en su perfecta letra redonda. El coche de los municipales estaba enfrente de aquella dirección, la sirena relampagueaba sus luces de colores aunque no emitía sonido. No había nadie en el vehículo y tenía la puerta abierta. El portal también estaba con las puertas de par en par. Otero entró y cogió el ascensor. Aprovechó  el espejo para desenredar un poco el pelo mientras iba subiendo los pisos. Cuando abrió la puerta pudo ver ya la cinta de la policía municipal que precintaba el 3º A. Se agachó para pasarla y entró. El pasillo estaba vacío y siguió andando hasta el final. De repente, un agente local salió del baño.

-          ¡Señora! Váyase a su casa. Aquí no hay nada que fisgar.

Otero se dio la vuelta mientras sacaba su placa.

-          Soy la inspectora Lucía Otero, y estoy a cargo de esta investigación, imbécil.


jueves, 10 de abril de 2014

Ni la belleza salvará al mundo, de J.M. da Neta en Click Ediciones




Algunas historias de amor, te pueden hacer perder la cabeza.

Me cuenta Er Milindri que ha leído "Ni la belleza salvará al mundo" de J.M. da Neta @jmdaneta en Click Ediciones. Pero Milindri... ¿Cómo voy a hablar de mi libro? "¿Pero tu te perdiste lo de Umbral? Pues tan joven no eres... Además yo voy a ser el que hable del libro. Tu escribe, que la Marisa me apoya en esto. Y si no que te cuente los libros... Rita... la que canta. Además hay mucha crisis, sabes que no tengo ni para chocolate... Zahor... y la Marisa quiere comprarse un "Rochebubúa" blanco y de piel, tenemos que ahorrar en ebooks, a ver si nos toca alguno del sorteo, que tienen muy buena pinta".

La verdad es que yo tampoco soy de piedra... y no me resisto mucho, así que vamos allá.


Me dice Er Milindri, que la novela va de un conde, sobre todo el conde, una burguesa y un campesino... "O sea como Tú, que eres el conde, la Marisa que es la burguesa guapa y yo que soy el pobre campesino". ¿Eso lo dices por lo que cultivas? digo mientras levanto los ojos de la pantalla. "Calla, una planta es horticultura", me corta Er Milindri. Me dice entonces que con los tres personajes comienza la novela en Clermont, en el sudeste de Francia y que enseguida, por una razón u otra, salen por separado hacia París donde se encontrarán de lleno con el inicio de la Revolución francesa, y después pues, por cosas de la vida, se van separando y uniendo dependiendo del momento que atraviese la revolución, donde ellos siempre representarán cosas distintas.

Me dice Er Milindri que el conde, Danchart, es muy pasional, obcecado y que lo de la revolución aunque se implica le parece que un poquito le da igual; la burguesa, Marie, muy independiente, con muchas inquietudes, pero muy humana, y los humanos somos volubles; y el campesino, Rasjwonski, es un poco el buscavidas, el que está en todos los meollos. Me cuenta Er Milindri que los personajes son complejos, que están trabajados, hasta algunos más secundarios, y que evolucionan. Cambian mucho de bando a raíz de los acontecimientos históricos que los van moldeando y poniendo en disyuntivas... y a veces enfrentando...  La novela tiene mucho rigor histórico (por si alguien no se fía de Er Milindri dejo link a la reseña del historiador que presentó la novela) pero sobre todo plasma la historia en los sucesos, y en como los viven los protagonistas, lo que, según Er Milindri le da mucho ritmo. Además, hay también muchos personajes reales que interactúan con ellos, Marat, Mirabeau, Madame Roland, Robespierre.

Me cuenta Er Milindri que además de la temática histórica, la novela tiene una gran historia de amor, muy distinta a lo que cualquiera se puede imaginar...  me dice Er Milindri que es de las que te hacen llevar las manos a la cabeza. "Te aseguro que nadie se queda indiferente".

Me dice Er Milindri, que además, él sabe el porqué del título. ¡Pero si te lo dije yo! "Pero sabes que yo antes o después lo habría relacionado". Eso si que es verdad, así que una vez más me hace bajar la cabeza. Me cuenta Er Milindri que hay una frase muy famosa de Fiodor Dostoyevski que es: "La belleza salvará al mundo", y que en un momento de la novela uno de los personajes, -que los lectores de "Crimen y castigo" reconocerán- pues a modo de contrapunto dice... "Ni la belleza salvará al mundo".

Bueno Er Milindri, ¿algo más? "Sí, que como yo no manejo la pasta que maneja la Marisa ni tengo Kindle, ni Tagus, ni viajo en avión... y como es un ebook, me lo bajé en el móvil y lo leí andando".

Ok. ¿Le pongo ya el punto? "Sí, y llama a la Marisa y vamos a tomar unas cañas y a fumar algo". ¡Pero si nosotros no fumamos!. "Eso es problema vuestro".

Menuda reseña larga te ha quedado, Er Milindri. "Es que el escritor es mi amigo".